LA SOCIEDAD DEL ENGAÑO
(*) Mary Carmen Cabrera (Carmensa)
Mi padre siempre decía: "el pez grande se come al chico" Y también: "la avaricia rompe el saco".
Hace cuarenta años que escuchaba decir esto a mi padre, pero hace cuarenta años el pez grande era el alcalde, el abogado, el médico, el policía, el cura...
Hace cuarenta años el poder lo daban los estudios universitarios, la educación y la cultura. El dinero también. El poder venía dado por el dinero. Y el dinero hacía que te pudieras relacionar con gente de la "jet": acaudalados empresarios, ricos herederos, artistas, nietos de renombre...
Con mi mirada de niña que ahora mismo recuerdo, los observaba con cierta envidia sin comprender por qué razón unos podían vivir "a lo grande" y, sin embargo, mis padres debían trabajar tanto y tenían tan poco.
Con esa misma mirada que hoy me transporta al pasado lejano, compruebo con qué tristeza admiraba los bellos trajes que lucían las hijas y nietas de los acaudalados, y los zapatos conjuntados. Y es esa misma mirada la que me hacía verlas bellas, la que me hacía comparar mi pelo rizado con sus pelos lacios y brillantes en los que podían lucir hermosas cintas de terciopelo. Sus sonrisas blancas que destellaban a lo lejos, mientras que yo visité mi primer dentista ya cumplidos los 20 años. Y no precisamente porque no tuviera necesidad sino porque pagar un dentista era un lujo que la economía de mis padres no se podía permitir.
Y son esas niñas "de bien" las que me recuerdan las diferencias sutiles y sublimes de las clases sociales: los pobres y los ricos.
Fue mucho tiempo después cuando comprobé que "los ricos también lloran". Juro que pensaba que no solamente tenían dinero sino que todo les iba sobre ruedas, que todo les salía bien.
Es verdad que los pobres teníamos grandes desdichas además de no poseer el dinero y, como consecuencia, no tener poder y no tener influencias porque no nos podíamos codear con la "jet", pero eso sí, teníamos cierta dignidad. Éramos pobres y, aunque no podíamos presumir de dinero y poder, presumíamos de nuestra honradez y honestidad. Y no digo que los ricos no la tuvieran. En esto como en todo, no se puede generalizar. Y, afortunadamente, tuve la suerte de encontrarme con alguna "niña rica" que no temía acercarse a "las niñas pobres".
Hoy con más de 40 años, las diferencias se hacen mayores. Porque hoy da igual cómo se consigue el dinero. Lo que cuenta es tenerlo: timando, estafando, engañando, delinquiendo, haciéndote popular aunque para ello tengas que venderte o vender a alguien o perdiendo lo más intrínseco del ser humano: la dignidad.
Y... ¿qué es la dignidad? No sé lo que será para ti y no seré yo quien te lo diga. Para mí es el respeto, la consideración y la estima por mí misma.
Ahora da igual si no tienes estudios, ni cultura, ni educación. Ahora lo que cuenta es que seas más listo que nadie. Ahora lo que cuenta es que estés por encima de los demás. Ahora lo que cuenta es que vayas por delante de los otros. Ahora lo que cuenta es que seas el más original delinquiendo y el más duro y el más insensible además de el más corrupto. Porque si lo eres, además se te premia: te llevan a las televisiones, te pagan por dar entrevistas, te exaltan y te aplauden. Hasta tal punto es la publicidad que se les da, que los delitos llegan a parecernos "travesuras" y los delincuentes "héroes sociales".
Lo peor de todo es que, al parecer, todos éstos son "valores" en alza.
Y lo de la ambición parece que no tiene tope, porque el saco parece no llenarse nunca y, por tanto, no se rompe. Se llena, se llena, se llena... Es insaciable.
Afortunadamente no todo el mundo se siente bien cometiendo ilegalidades o aprovechándose de los roles que les tocan representar en este antro que es la vida. Afortunadamente, sigo encontrando en mi andar por este camino a ninguna parte, aquellos y aquellas que, como también decía mi padre, prefieren dormir a pierna suelta y con la conciencia en paz. Y yo añado: "egoístamente", porque no es un dormir en paz para con los otros seres humanos, sino para consigo mismo. Pero también es verdad que cuando la paz está con uno o una misma, también se extiende hacia los otros y las otras.
Aunque, desde luego es cierto, que ni antes ni ahora son justas las diferencias sociales. Y, por supuesto no son las mencionadas, ni mucho menos, las más dolorosas o las más crueles.
Decía Borges en su libro El Círculo Secreto: "Vivimos aceptando la realidad. Mejor dicho, eso que la desidia y los periódicos llaman realidad (...), veneramos a un pensador por la frecuencia de sus fotografías y la repetición de su nombre; medimos el mérito por la fama o por esa falsificación de la fama que es la publicidad (...). Nuestra cobardía y nuestra pereza tienen la culpa de que el mañana y el ayer sean iguales."
(*).- Autora del libro: "Desde el Silencio de la Noche"

