¡ Hasta los mismísimos 18 !
Por: Diego Sánchez Aguilar ( * )
Imagino que todos conocen el último globo sonda puesto en la órbita mediática por el señor Gabilondo: ampliar la edad de permanencia obligatoria en la Enseñanza Secundaria hasta los 18 años. Al parecer, según las opiniones escuchadas en telediarios y leídas en la prensa escrita, todo el mundo está encantado con la propuesta. Los padres, porque pueden prolongar dos años más el servicio de guardería que muchos de ellos entienden que es un centro de Educación Secundaria; los sindicatos, porque aumentarían las plantillas de profesores; el Gobierno, porque reduciría las alarmantes cifras de paro.
Sin embargo, cuando he comentado esta noticia con otros compañeros de la docencia, las reacciones distaban mucho del entusiasmo. Todos, absolutamente todos los "encuestados" lo consideran un disparate de dimensiones catastróficas. Algunos, incluso, se plantean seriamente dejar la profesión si dicha medida llegara a implantarse. Y todos nos hemos lamentado, otra vez, por el
hecho de que nadie, nunca, jamás, nos haya preguntado nuestra opinión, nos haya pedido esa información de primera mano que solo un profesor (no un pedagogo, no un sindicalista, no un político) que vive día a día en las aulas puede aportar para mejorar la calidad de la enseñanza.
Sentido común. Es lo único que pedimos, es la revolución más urgente, la más radical. Sentido común para mejorar la enseñanza. Ya sabemos que esa cualidad ha sido extirpada de nuestra clase política. No creo sea necesario hacer un listado de ejemplos. Y el sentido común brilla por su ausencia cuando, en un ejercicio paradójico digno de la mejor poesía mística, el señor Gabilondo considera que nuestro Bachillerato (libre, no obligatorio) es muy poco "flexible", por lo que lo más lógico sería hacerlo "obligatorio", cuando, como todos sabemos, la obligatoriedad es el epítome de la flexibilidad.
Sentido común. Los que lidiamos cada día en un aula intentando que nuestro jóvenes aprendan y se formen como ciudadanos responsables, sabemos que el mayor problema de nuestra educación, que la causa del elevadísimo fracaso escolar y de la violencia en los institutos, es consecuencia directa de la ampliación de la obligatoriedad desde los 14 de antaño a los 16 actuales. Cuando amigos no docentes de mi generación (1974) me preguntan, asombrados, cómo es posible que hayan cambiado tanto los adolescentes en tan pocos años, les tengo que explicar algo que nadie parece querer escuchar. No es que los jóvenes de ahora sean intrínsecamente malos y violentos. Es mucho más sencillo. Es que antes, cuando un joven de 14 años odiaba la escuela, los libros, el conocimiento abstracto y quería hacer algo práctico, podía. No entraba en el Bachiller, sino en una FP en la que podía aprender un oficio. Así de sencillo. Ahora no pueden. Deben permanecer, contra su voluntad, hasta los 16 y están enfadados y, se lo aseguro, nos lo hacen saber. La violencia es creada por la represión y la obligatoriedad. Les cuento un caso que muchos de sus amigos profesores podrán refrendar con su experiencia: una de las peores, violentas, maleducadas y malhabladas alumnas a las que tuve el placer de intentar enseñar las bondades de la lengua y la literatura, que desde los 13 años reventaba sistemáticamente las clases con un estilo muy cercano al de la niña de El exorcista, cumplió los 16; entonces dejó el instituto, se puso a trabajar en una cafetería y ahora, cuando me sirve un café, lo hace con una sonrisa, con educación, feliz de no tener que estar 6 horas sentada en un pupitre escuchando cosas que no le interesaban. Sí, lo ideal sería que le hubiera interesado, pero es que no todo el mundo puede o quiere estudiar. Es así de sencillo. Eso sí es flexibilidad. Y, además, si esta chica quiere volver ahora al sistema educativo, puede hacerlo a través de muchas vías: educación para adultos, educación a distancia, exámenes libres de ingreso a las diversas vías del sistema educativo. Si hubiera podido salir a un Ciclo Formativo a los 14 años ella hubiera sido más feliz, no hubiera sido tan violenta; y sus compañeros que sí querían estudiar hubieran sido más felices, y habríamos tenido menos violencia en las aulas. Esto es sentido común. No tiene nada que ver con un partido político o con otro. El sentido común también es detectar el problema y solucionarlo: crear más centros de Formación Profesional y que los alumnos que lo deseen puedan entrar en ellos a partir de los 14 años, creando mecanismos que permitan la posibilidad de reingresar en la enseñanza secundaria encaminada al Bachillerato si el alumno así lo deseara.
Sin embargo, hasta ahora, el problema de la violencia y el fracaso escolar en la era LOGSE se ha analizado, por políticos y pedagogos de la siguiente manera: los jóvenes son más violentos porque los profesores no hacen nuestros cursos para la resolución de conflictos, porque los profesores no entienden las necesidades e intereses diversos de los jóvenes, porque los profesores pretenden enseñar unos conocimientos alejados del mundo motivacional de los alumnos; porque pretenden, por ejemplo, disparate sin igual, enseñar la literatura, con libros, en pleno siglo XXI; porque las matemáticas son demasiado abstractas; porque la Historia demasiado antigua; porque la filosofía demasiado teórica. Hagamos la prueba del algodón del sentido común a este discurso imperante en la educación. ¿No será la mejor manera de atender a las necesidades e intereses diversos dejar que los alumnos elijan esas necesidades e intereses? Si el alumno tiene la necesidad y el interés de aprender un oficio práctico, ¿no deberíamos crear más centros y ramas profesionales que dieran respuesta a esos intereses? ¿No sería eso la más eficaz resolución de conflictos? Una joven de 16 puede decidir cosas tan importantes en su vida como son casarse, abortar, tener hijos; pero creo que tiene la misma importancia que una joven que no quiere estudiar pueda decidir, y no a los 18, ni a los 16, sino a los 14, si quiere permanecer en una institución que no le aporta nada, que le está robando años de su vida o si, por el contrario, quiere aprender un oficio de forma práctica. Alguien pensará que a los 14 años un adolescente no sabe lo que quiere. Tienen razón, pero lo que sí saben es lo que no quieren. La obligatoriedad tiene que ir acompañada de alternativas y así tal vez les pongamos más fácil a los chicos saber, al menos, lo que prefieren.
Por tanto, la propuesta del señor Gabilondo supondría una degradación terrible de nuestros centros de enseñanza. La violencia de unos alumnos que, ya desde los 13 o 14 años rechazan visceralmente la educación, crecerá hasta límites alarmantes cuando estos tengan 17 años y estén encerrados contra su voluntad en un instituto que nada les aporta. Si ya, ahora mismo, hay alumnos en 4º de ESO que tienen nada menos que 21 asignaturas pendientes de cursos anteriores, imagínense qué provecho sacarían (ellos y nosotros) de estar dos años más sentados durante 6 horas ante nosotros, sus enemigos (y con razón, pues los obligamos) los profesores.
Solo si esa propuesta incluye una partida presupuestaria enorme, destinada a la proliferación de centros de Formación Profesional, y solo si esa propuesta incluye la posibilidad de que el joven (obligado a permanecer hasta los 18) pueda entrar en dichos programas ya desde los 14, solo si eso ocurre, deberíamos considerar esta una buena ley para el futuro de nuestros hijos. La comparación con Alemania, esgrimida como argumento irrefutable de la bondad de esta propuesta, oculta un dato sin el que carece de sentido: la inmejorable oferta y calidad de sus centros de Formación Profesional. No nos dejemos engañar. Cuando llegue el momento de firmar, estos dos criterios tienen que estar bien claros. De lo contrario, si se pretende aprobar una ley que solo adorne la extensión de la obligatoriedad hasta los 18 con vagas promesas sin presupuestar, propongo a todos mis compañeros que hagan escuchar su voz. Tendremos que ser nosotros. Los sindicatos aquí no nos van a defender, a no ser que todos amenacemos con retirar nuestra afiliación.
El sentido común ha de tener su voz.
( * ) Profesor de Enseñanza Secundaria.

Eva G. dijo
Muy buen trabajo el de este profesor, por lo que le doy mi enhorabuena por su valentía.
Deben tenerlo en cuenta especialmente todos los que esten relacionados directa o indirectamente con la educación. Es un tema en el que tendremos que mojarnos tarde o temprano y no está mal empezar ya a tomar posiciones y abrir heridas mal cerradas. Pásalo a todos los interesados en conseguir una mejor Educación para nuestros hijos y sobre todo futuras generaciones.
9 Noviembre 2009 | 01:41 PM