PREGÓN DE LAS FIESTAS DE SANTA CRISTINA 2008 (GUIA DE GRAN CANARIA)
" El Brezal es actualmente la mayor reserva de monteverde de Gran Canaria, y el mayor espacio natural protegido de la comarca Norte ". Y es que los que hemos tenido el privilegio de haber nacido en Santa Cristina no encontramos otro lugar en el mundo en el que nos sintamos más a gusto. Pero se puede seguir viviendo en un lugar, aunque se esté lejos, cuando siguen vivos en la memoria nuestros primeros recuerdos. Creo que todos nosotros llevamos a gala ser o vivir en Santa Cristina, y es que Santa Cristina, además de una tierra fértil y hermosa, es tierra de gente honrada, honesta y luchadora. Aparte de hacer un pequeño balance de la historia de Santa Cristina, de la que, por cierto, hay muy poco escrito, quiero aprovechar este momento para hacer un alto en el camino y recordar con ustedes las experiencias, las dificultades y las alegrías que compartimos allá por la década de los 60, 70 y principios de los 80. Santa Cristina aparece muy poco en los libros de historia, quizá porque en este pueblo no se han hecho grandes hazañas, aunque yo considero que son las historias cotidianas, sencillas y entrañables las que hacen verdaderamente la historia. Y la gente que ha nacido o vivido es estos campos es la que ha escrito y sigue escribiendo la historia de Santa Cristina. De hecho, cuando hablamos de esta zona lo asociamos casi todo, caminos, casas, tierras..., con personas con nombre y apellidos. Santa Cristina no tiene un patrimonio arquitectónico que le caracterice. Pero los pueblos no son sólo sus calles, sus plazas, sus museos, sus torres o sus campanarios. Al pueblo lo hacen su tierra, sus tradiciones, sus costumbres, y sobre todo su gente, y Santa Cristina tiene los dos ingredientes necesarios para el progreso, tiene buena tierra y tiene buena gente. Ustedes, aparte de guardines de las tradiciones y costumbres de estas tierras, que las siguen transmitiendo de generación en generación, han sabido modernizarse y adaptarse a los tiempos respetando el legado que otros nos dejaron. Desde el punto de vista geográfico Santa Cristina está en los Altos de Guía, a medio camino entre el mar y la cumbre. Aquí aún se puede oír el silencio, ver las estrellas y respirar aire con olor a tierra. Aparte de sus bucólicos paisajes surcados de caminos, desde Santa Cristina, cuando la niebla lo permite, se pueden divisar los montes más altos de la isla, allá en la cumbre, y al fondo, a lo lejos, el mar que baña la Isleta. Santa Cristina es como una meseta llana, un remanso de paz donde el volcán debió hacer una parada en su viaje hacia la costa para coger aliento. Y aquí venimos a coger aliento los que hemos nacido en estas tierras cuando las prisas y el trabajo nos agobian. Haciendo un poco de historia, porque lo que somos hoy es resultado de lo que fuimos en el pasado, sabemos que sobre toda esta zona se extendía un bosque subtropical denominado Selva de Doramas, que abarcaba desde Guía hasta Teror. Su frondosidad se vio favorecida por la humedad que proporciona el mar de nubes y la lluvia horizontal que generan los vientos alisios que llegan aquí desde el Atlántico. Fueron muchos los poetas de la época que elogiaron a este bosque, al que llegaron a identificar con un verdadero paraíso terrenal. A esta Selva se le llamó Doramas por ser en ella donde se pertrechó uno de los más célebres héroes canarios que plantó cara a los conquistadores castellanos. Doramas, que en el idioma aborigen significaba "ancha nariz", emprendió una feroz resistencia contra los invasores. Pero el ejército castellano le atacó sin piedad causándole la muerte y la rendición de las tropas que comandaba. Tras la conquista, en el año 1483, los grancanarios se vieron sometidos a las tropas invasoras, que se asentaron en la periferia del bosque de Doramas y empezaron a roturar tierras de cultivo destruyendo amplias zonas forestales. Las tierras fueron colonizadas por castellanos, extremeños y portugueses, fundamentalmente. Apellidos como Almeida o Brito son una muestra de la presencia portuguesa en esta zona. Junto con las tierras, los conquistadores repartieron también entre ellos los derechos del agua, aunque dejaron algunos terrenos para los canarios que colaboraron en la conquista. Como testimonio de la Selva de Doramas nos queda hoy en la zona La Reserva Natural Especial del Brezal, dentro de la que se encuentra el área recreativa de Santa Cristina. El Brezal es actualmente la mayor reserva de monteverde de Gran Canaria, y el mayor espacio natural protegido de la comarca Norte. Su utilización como finca recreativa de la burguesía permitió su conservación hasta nuestros días; pero El Brezal ha dejado de ser propiedad privada y es actualmente propiedad del Cabildo de Gran Canaria, que se encarga de su conservación. Cerca de aquí tenemos también otro testigo importante de la Selva de Doramas, Los Tilos de Moya, declarado igualmente Reserva Natural Especial. Como en la zona no había minería ni más recursos que la agricultura, los colonos empezaron a traer caña dulce desde Madeira, convirtiéndola en el principal cultivo de este municipio. El cultivo en la zona de costa de la caña dulce primero, y de la vid y la platanera después, atrajo mucha mano de obra de estos pagos de los Altos de Guía, de donde se mandaban alimentos básicos como leche, gofio, queso, papas y fruta. El aumento de la población en toda la zona de Medianías trajo consigo también la demanda de grandes cantidades de madera para la construcción de viviendas, iglesias, edificios públicos, muebles y utensilios agrícolas (no hay que olvidar que tras la conquista se levantaron en la isla muchos pueblos y ciudades con sus correspondientes iglesias); y esa madera salió en su mayor parte de estos montes. También se incrementó por las mismas fechas la demanda de madera y leña para la construcción y funcionamiento de los ingenios de azúcar, así como para el combustible doméstico. Por aquella época era frecuente ver a los arrieros con sus bestias transportando leña desde estas zonas de Medianías hasta los pueblos de la costa. Aunque una buena parte del bosque transformado en tierras de cultivo se entendía que iba a ser destinado a terreno comunal, la realidad es que casi todo acabó en manos privadas. A partir del siglo XVIII, y especialmente en el XIX, se produjo en la zona un nuevo reparto de tierras, aguas y otros bienes, que pasaron a formar parte del patrimonio de grandes propietarios. Casi hasta mediados del siglo XX, con la agricultura de secano en la que se apoyaba la economía de estos pagos, los campesinos vivieron prácticamente como vasallos de los grandes propietarios, los señores, o como se decía entonces, los amos. Los grandes propietarios dominaban la tierra y el agua, por lo que la dependencia de ellos por parte de los campesinos era casi absoluta. Muchos campesinos de estos pagos se convirtieron en medianeros. Los medianeros debían llevar diariamente a los amos la parte de la leche, el queso, y los productos hortofrutícolas que les correspondía. Pero los medianeros no sólo ponían al servicio del propietario de las tierras los aperos, los animales y las yuntas para arar y trillar el grano, sino que ponían su trabajo y el de toda la familia, con la que residían en las viviendas que las fincas solían tener habilitada para ellos. Aquella situación creaba tal vínculo de dependencia y de fidelidad al amo que convertía al campesino en un auténtico sirviente. De ahí nos viene quizá ese carácter tan servicial que tenemos los que somos de esta zona, por una educación que se ha ido transmitiendo de generación en generación. El disponer de yunta era casi imprescindible para poder acceder a las tierras de los grandes propietarios, con los que se llegaban a acuerdos verbales. En ocasiones los acuerdos se plasmaban sobre un simple trozo de papel, que firmaban dos testigos, pero por la general no hacía falta, puesto que la palabra de un campesino de esta zona valía, y vale aún hoy, tanto o más que un acta ante notario. En caso de que se produjeran desavenencias con los propietarios, los medianeros tenían que abandonar las tierras, quedando en una situación de miseria, pues para empezar tenía que desalojar la vivienda. Los campesinos que no disponían de yuntas o de familia para trabajar como medianeros cogían trozos de cultivo a destajo para segar trigo, avena o centeno, aunque siempre con poco beneficio para ellos. En cualquier caso, la vida del campesino, atado las 24 horas del día a la tierra y a los animales, era muy sacrificada, ya que la de entonces era una agricultura dura y atrasada. El auge del turismo en la década de los 60 tuvo una gran repercusión en estos campos, pues muchos lo abandonaron para trasladarse, primero a trabajar y luego a vivir de forma definitiva, al Sur de la isla. Este abandono del campo provocó la decadencia de la agricultura tradicional. Hasta ese momento la subsistencia de los vecinos de las Medianías dependía casi exclusivamente de la bondad de la tierra. Hacia 1950 algunos campesinos se unieron también a la diáspora que se produjo en las Islas con la emigración clandestina hacia Cuba y Venezuela; la única forma que muchos canarios vieron de escapar del hambre y la miseria. Actualmente los agricultores de Santa Cristina pueden decir aquello tan deseado de “la tierra es de quien la trabaja”. Hoy la agricultura que se desarrolla en estos llanos es de las más prósperas de la zona, pues ha sabido adaptarse a los tiempos, abriéndose a nuevos cultivos que generan mayor rendimiento. No obstante, vivir de la agricultura era y sigue siendo aún hoy en día casi un milagro, un acto de heroísmo y generosidad más que un medio de subsistencia, por la carestía del agua y lo mal pagadas que están las cosechas. También empezamos a ver en la finca del presidente a los tractores arando la tierra, y como poco a poco iban desapareciendo los baldos de salsas y las fincas de eucaliptus, que de la noche a la mañana se convertían en llanos de papas y árboles frutales de los de “afuera”, como decíamos entonces. Los hombres de estos campos, entre los que me permito hacer una mención especial a mi padre, que a sus 83 años sigue amando como nadie estas tierras, han trabajado muy duro. Pero el papel desempeñado por las mujeres ha sido fundamental para asegurar el sustento de las familias, sobre todo en la época de la posguerra. Las mujeres de estos pagos segaban, sembraban, ordeñaban, ayudaban con las yuntas a surcar las tierras, tostaban el millo, hacían el queso, iban a por leña, limpiaban la casa, barrían los patios y hasta los caminos, cuidaban de los niños y de los abuelos..., todo a la vez y sin descanso. No había fines de semana ni tregua para ellas, que hasta hace pocas décadas incluso daban a luz en su propia casa. Por eso muchos de nosotros, cuando decimos que hemos nacido aquí, lo decimos en el más amplio sentido de la palabra. Aquel exceso de ocupación hacía que entre las vecinas se desarrollase una gran solidaridad, pues estaban todas siempre dispuestas a echar una mano en lo que hiciera falta. Hasta la llegada del agua corriente en la década de los 60, y de la electricidad bastante después, la vida para las mujeres era extremadamente dura en estas tierras. Como no teníamos agua corriente había que ir con las primeras luces del día al chorro o a la fuente a buscar el agua, y a la acequia a lavar la ropa. Por aquella época era frecuente ver a las mujeres por los caminos con un bernegal, una tina o una cesta en la cabeza. Nosotros no jugábamos en la plaza, ni en el parque, porque no lo teníamos. Jugábamos en los patios, en los caminos, en pleno campo o en las eras. Recuerdo ver a los niños por los caminos con un palito jugando a la rueda, o fabricando sus propios carros. También jugaban al pañuelito, con el trompo, con los boliches o con una pelota que, fuera del color que fuera, siempre terminaba del color de la tierra, colorada. Por esa época, los niños andábamos sin zapatos, por lo que teníamos los dedos de los pies destrozados. Las niñas, que nos mezclábamos por entonces poco con los niños, jugábamos a las casitas, como amas de casa, con los tiestos de la loza que se iba rompiendo. También saltábamos a la soga con el mismo cabestro que se utilizaba para hacer las manadas o amarrar a las vacas. Nada que ver con las combas de colores alegres que venden ahora. A este llano – de Pepe Martín, le llamábamos - , recuerdo que nos traía Don José Reyes, el maestro, a coger flores de cardo y de giralda para las alfombras del Corpus, momento que aprovechábamos para coger también los abejones de la raya amarilla, que eran los que no picaban; y para deshojar las flores de giraldas preguntándonos en voz baja mirando de reojo a los niños: ¿me quiere....., no me quiere......?. Los niños de entonces no entendíamos de biología, pero sabíamos perfectamente los bichos e insectos que podíamos coger, y las hierbas y frutos que podíamos comer, como la trebolina, que a pesar de ser ácida, era una golosina en medio del campo donde era imposible encontrar un caramelo o un simple vaso de agua; aunque en las tiendas se empezaban ya a vender vasos de agua de Moya, que nos dejaban los ojos llenos de lágrimas de la fuerza que tenía, y galletones Tamarán, que eran tan grandes que nos quitaban el hambre para todo el día. En primavera los niños nos pasábamos horas perdidos en medio del Brezal buscando nidos de mirlos, linaceros, mixtos o canarios, a los que luego tratábamos de alimentar con un palito con leche y gofio, con lo mismo que nos habían criado a nosotros. Recuerdo también los remos que hacíamos en los pinos altos de Santa Cristina, o en los castañeros; y como aplastábamos con una piedra los erizos de las castañas aún verdes; y como nos llenábamos los bolsillos de moras, aunque para ello tuviéramos que luchar durante horas contra las zarzas. De los Pinos, o Las Casas, como indistintamente le llamábamos, recuerdo también el magestuoso magnolio de flores blancas, al que iban las novias a buscar para el ramo sus flores aromáticas. También me vienen a la memoria “ las deshojadas” otro momento de encuentro social, que se solían hacer por la noche, a la luz de los mechones, y después del trabajo, como si de una actividad lúdica se tratara. Algunas se hacían con baile, para atraer a más gente, pero ya avanzados los 60 las deshojadas eran más íntimas y familiares. Los niños, agotados, solíamos terminar dormidos, apoyados sobre las cestas de piñas y con algún zahorí entre las manos. Recuerdo igualmente los partidos de fútbol que se jugaban por la misma época en el campo de Las Guirreras, todo un acontecimiento para las tardes de los domingos; y los ranchos de carnaval, que iban por las casas vestidos todos iguales, con colores muy alegres. Para Carnavales, despidiendo ya casi el invierno, se solían pintar las casas y se hacían tortillas para invitar, junto con un vasito de anís, a las mascaritas y a los ranchos. El anís era una bebida que había en casi todas las casas, pero que sólo se sacaba para agasajar a las visitas y cuando se iba a celebrar una boda. Y aunque dice el refrán que agua pasada no mueve molino, aún sigo recordando el centenario molino de El Monte, un lugar de encuentro de los vecinos no sólo de Santa Cristina, sino de las Cuevas del Monte, la Vilanera, Barranquillo Frío, El Palmital, Jaime o Las Guirreras. También me entristece ver como ha desaparecido la acequia, que bajaba llena de sorpresas, arrastrando a veces en su cauce manzanas y membrillos que, según nos decían los mayores, venían desde La Sorrueda. Con el agua hasta las rodillas los niños caminábamos por la acequia arriba y abajo, custodiados por las cañas, de cantonera en cantonera. Espero que en un futuro nuestros hijos, o los hijos de nuestro Pero, como las auténticas rosas, Santa Cristina tiene también espinas. Aunque ha avanzado mucho, este pueblo sigue teniendo muchas carencias. Santa Cristina necesita de mejores conexiones y carreteras, pero sobre todo necesita un transporte público, una guagua pequeña, que permita a los vecinos moverse con facilidad. Sabemos que no es rentable poner una farmacia, un instituto o un gran supermercado en una zona de escasa población, pero si podemos acercar esos servicios a los vecinos mediante un buen servicio de transporte, del que se podrían beneficiar también otros pagos de este municipio. No se trata de algo muy costoso y mejoraría de forma significativa la calidad de vida de muchas familias de estos pagos. Sé que los vecinos están luchando por ello y pido a las autoridades que nos ayuden a conseguirlo cuanto antes porque, aparte de una necesidad, es de justicia. Santa Cristina, una virgen de la que han cogido el nombre varias reinas y princesas - y también, por supuesto, muchas niñas de estos campos- , era hija de Urbano, un gobernador italiano que fue un terrible perseguidor de los cristianos. Pero, ironías de la vida, su propia hija se convirtió al cristianismo. Desde niña se aficionó a la fe de Cristo y, por esa devoción se llamó Cristina, que como ustedes saben significa cristiana, en contra la voluntad de su padre, que procuró por todos los medios apartarla de aquella creencia que él tenía por locura. Paradojas de la vida, el verdugo de Santa Cristina fue su propio padre. Pero Cristina, rebelde en su creencia, mandó fundir todas las estatuas de oro y plata a las que sus padres adoraban, y repartir los trozo de metal entre los pobres de la zona. El castigo por esta heroicidad fue de lo más terrible que se puede leer en las actas de los mártires, y que no voy a leer aquí para no entristecernos, que estamos en fiestas. Muerto su padre continuaron los suplicios de la joven Cristina de manos de otros dos gobernadores. Al final nuestra santa murió atada a un árbol un 24 de julio, día en que la Iglesia la conmemora. Aquí cada año, con esta fiesta, le rendimos un sencillo pero sentido homenaje. Porque las fiestas de Santa Cristina no son fiestas multitudinarias, ni debemos aspirar a que lo sean. Son fiestas sencillas, hechas por y para el pueblo. Pero yo creo que las fiestas no deben medirse por el presupuesto, ni por los fuegos artificiales, o los grandes conciertos, sino por el sentimiento, la diversión y el encuentro; porque a las fiestas, quien las hace realmente grandes es el pueblo. Para los niños la fiesta es ilusión y alegría, y para los mayores un momento de encuentro, tiempo para hacer un alto el camino y volver a tomar aliento. Con este horizonte de optimismo vamos a seguir avanzando, y espero que algún día, no muy lejano, podamos construir aquí una ermita para cobijar la imagen de la Santa que ha dado nombre a estos campos. Aparte de por pronunciar este Pregón, me he alegrado mucho por poder compartir con ustedes este rato, y sobre todo, por volver a ver muchas caras conocidas y queridas. Momentos como éstos nos ofrecen la oportunidad de fortalecer y estrechar lazos, esos lazos que unen a las personas con las mismas vivencias y recuerdos. Con este sentimiento de optimismo y confianza vamos a celebrar todos con alegría nuestras fiestas, las fiestas de Santa Cristina 2008. Están todos convidados. ( * ) OLGA MARTIN LUJAN es periodista e hija del barrio.
Por: OLGA MARTÍN LUJÁN ( * )
Buenas noches a todos. En primer lugar quiero agradecer a la Comisión de Fiestas la invitación que me ha hecho para pregonar las fiestas de Santa Cristina de este año, lo que me va a permitir compartir este rato agradable con ustedes.
Lógicamente es un orgullo para mí pregonar las fiestas del pueblo en el que nací, pasé mi infancia y buena parte de mi juventud. Un lugar en el que ya no resido pero al que sigo viniendo cada vez que puedo, y del que, por lejos que vaya, nunca olvidaré el camino.

Poco a poco, los asentamientos humanos fueron sustituyendo al bosque, de más de 3.500 hectáreas, del que actualmente se conserva poco más del uno por ciento.
Los colonizadores, aparte de destruir buena parte de nuestro bosque, introdujeron en las Medianías de la isla especies muy invasivas, como la tunera, la zarza y la pita, que terminaron devorando amplias áreas de laurisilva y reduciendo sus alrededores a barbecho.
A principios del siglo XVI se empezaron a levantar ingenios azucareros en los alrededores de Guía. La calidad del azúcar exportada desde aquí hacia Europa era de tal calidad que llegó a conocerse a Canarias por aquella época como las “Islas del Azúcar”.
Aparte de para trabajar en la construcción y en el sector turístico, algunas familias de esta zona se fueron al Sur a trabajar en la aparcería, y muchas mujeres en los almacenes de tomate, viviendo en condiciones infrahumanas todas juntas en las cuarterías. Muchas mujeres de Santa Cristina, sobre todo las más jóvenes, se fueron a ‘ la zafra’ y ya no volvieron a trabajar en estas tierras.
A partir de la década de los 70 el panorama cambió totalmente. Muchos campesinos empezaron a combinar su trabajo como peones de la construcción con la dedicación a la agricultura a tiempo parcial en pequeñas explotaciones familiares. Otros, los más pudientes, se dedicaron a cultivar extensiones más amplias de terreno, pero ya con la ayuda de maquinaria y peones.
Las mujeres de estos campos iban en grupo a las ‘plantadas’, ayudándose unas a otras. Antes no hacía falta pedir ayuda a los vecinos a la hora de sembrar o recoger las cosechas. Bastaba con decir mañana voy a arar, a trillar, a plantar o a coger papas, para que todos acudieran en masa a ayudar desde el alba. Luego participaban todos también en el sancocho, claro. Ese espíritu solidario sigue vivo todavía hoy dentro de todos nosotros.
Por eso fue un gran acontecimiento la construcción de los lavaderos de la “Casilla del Agua”, todo un adelanto para la época porque estaban cubiertos y permitían lavar de pie, cuando en otros había que hacerlo de rodillas. La Casilla tenían dos pilas de hormigón, un enfrente de la otra, lo que permitía a las mujeres verse las caras mientras lavaban. Y es que los lavaderos, al igual que las tiendas y el molino, eran el lugar de encuentro de los vecinos, donde se hacía repaso, sobre todo los lunes, a la sencilla vida social y familiar de la época. 
Por Navidad muchos niños íbamos a buscar corcho a los alcornoques que había en el Brezal, cerca de Barranquillo Frío, para hacer el Nacimiento; toda una experiencia porque no acertábamos a comprender como el corcho, del que sólo conocíamos por entonces los tapones, podía salir de un árbol.
Los que me están escuchando y sean muy jóvenes pensarán quizá, que estoy exagerando y que hablo de tiempos más remotos, pero estoy hablando de no hace más de 35 o 40 años.
Por aquellos años los campesinos no vivían pendientes del almanaque o del reloj, como hacemos ahora, aunque algunos sí que miraban el Zaragozano. Aquí el tiempo lo marcaban las estaciones y los momentos de sembrar o recoger las cosechas. De hecho recuerdo como, cuando empezaron los cambios de hora, los mayores se negaban a cambiarla porque decían que sus vacas comían siempre a la misma hora.
s hijos - si el cambio climático lo permite- , puedan volver a ver correr las acequias, porque la acequia era como nuestra columna vertebral, todo un referente para estas tierras.
Quiero aprovechar este momento para felicitar a la Comisión de Fiestas por su compromiso con el pueblo, pues está dando toda una lección de voluntad por mantener vivas estas fiestas, que tienen ya más de 20 años.
Santa Cristina tiene ante sí en actualmente un prometedor futuro de desarrollo y prosperidad. En momentos como éste, en el que el fantasma de la crisis internacional amenaza por todas partes, la tierra adquiere un valor añadido, porque la tierra es y será siempre un refugio seguro. Antes le temíamos a la cigarra, ahora nos amenazan con el euribor, pero ni la cigarra nos comió entonces ni lo va a hacer ahora el euribor.
No quiero dejar pasar la ocasión sin dedicar un recuerdo muy especial a los que ya no están porque se han marchado para siempre, y a los que se han ido a vivir a otros lugares, espero que nunca olviden el camino de vuelta. Y quiero dar la bienvenida a todos aquellos que, no habiendo nacido en Santa Cristina, se han incorporado como nuevos vecinos a nuestra forma de vida. Aquí seguro que han sido bien recibidos.

