EL EFECTO EN LA SALUD DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS.
laramente que la población no tiene por que estar expuesta a radiaciones que suponen una intromisión del cuerpo, del espacio vital y del domicilio para el lucro de una empresa privada.
En los últimos años hemos asistido a un incremento sin precedentes, por su número y diversidad, de las fuentes de campos electromagnéticos, utilizadas con fines individuales, industriales y comerciales. Entre ellas, cabe citar los ordenadores, la telefonía móvil, los hornos de microondas, los radares, los cables de tendido eléctrico, y otros equipos utilizados en la industria, la medicina y el comercio.
Al mismo tiempo, esos avances tecnológicos han suscitado preocupación por los posibles riesgos sanitarios asociados a su uso. Informes científicos han sugerido que la exposición a los campos electromagnéticos emitidos por estos aparatos podría tener efectos perjudiciales para la salud, tales como cáncer, reducción de la fecundidad, pérdida de memoria y cambios negativos en el comportamiento y desarrollo de los niños.
Se ha hablado largo y tendido sobre la influencia en nuestra salud sobre todo de las antenas de telefonía móvil en las inmediaciones de viviendas, centros escolares e incluso entidades oficiales, y a lo que no se le da tanta importancia en el interior de las islas y pueblos, en lugares apartados donde producen un inmenso impacto ambiental y para la salud de agricultores y ganaderos, o trabajadores de la construcción, etc.
Pero arrastrados por las nuevas y cada vez más sofisticadas tecnologías todos queremos que hablar desde el móvil tengamos la cobertura necesaria en cualquier punto de la geografía que nos encontremos. Este, precisamente es uno de los costes, uno de los efectos que trae consigo la modernidad, la sociedad de consumo.
Parafraseando el título de la novela de Rafael Reig, Sangre a borbotones, nos adentramos en un marzo confuso e inestable, inmersos en una campaña y elecciones generales marcadas por las promesas, las frases de ritmo marcial y a la demagogia, cebos cuatrienales de una clase política acostumbrada a tratarnos a todos los ciudadanos como menores de edad. Como casi siempre, se reflexiona mejor sobre lo
que no se dice que sobre el ruido, se piensa mejor sobre lo que ha sido marginado o silenciado que sobre los detalles de la dichosa agenda política, que poco tienen que ver con los problemas más graves de un sistema social depauperado. Enciendes en estos días el “ojo verde de la televisión”, y ni una palabra sobre la calidad de vida y del trabajo, sobre las políticas sociales que hacen agua, sobre la infraurbanidad, y sobre todo, ni una palabra sobre hábitos, costumbres o vidas que no pasen por el consumo desmesurado y caduco.
Sirva este comentario como reflexión personal que los ciudadanos escuchamos y comprobamos, decepcionados, impotentes, rabiosos, tristes y nada aliviados, que los discursos políticos, que las palabras sobre la transformación social, han llegado a su fin para dejar paso al pragmatismo más atroz, a una ola de conformismo y realismo ramplón al que le bastan cambios minúsculos, parches sociales o nueva dosis del dogma: “Que me quede como estoy”. (Para los pragmatistas la verdad y la bondad deben ser medidas de acuerdo con el éxito que tengan en la práctica. En el pragmatismo no existe el conocer por conocer. Si algo no tiene un
fin o uso determinado no hay razón para que tal cosa exista). Los políticos, en general lo han entendido así, y por ese camino han comenzado a transitar, con tal arrogancia y desfachatez que parece que nos contentamos con que hagan lo mínimo que se espera de ellos. Creer, por otro lado, que la culpa de todo lo que hemos expuesto hasta el momento procede exclusivamente de esta clase política y su coro de fieles, que han reducido la conflictividad social a grado cero, sería simplificar la cuestión.
El modo en que la gran mayoría de ciudadanos ha asumido el pragmatismo dominante (aceptar cambios siempre y cuando me proporcionen un beneficio inmediato) arroja síntomas de una
anomalía social galopante, de una sociedad que ha perdido mitos y cohesión. Si es cierto que el consumo produce una ética, mejor dicho: una ideología reforzada con justificaciones morales, aqui vemos algunas de las ruinas que deja a su paso: las cosas se apoderan de las palabras, y nos nos dejan ver más allá de lo tangible, de los placeres materiales. Y la gran pregunta: ¿cambiarían las cosas si estuviera en nuestra mano poder cambiarlas o seríamos aún más crueles que los poderes actuales?.
Sirva todo esto como preámbulo para exigir a todos nuestros gobernantes, tanto locales, comarcales, insulares, regionales, nacionales, europeos… que no intenten contentarnos con cualquier cosa, siempre refiriéndonos al título de nuestro comentario: el efecto que está teniendo en nuestras vidas, en nuestra salud todas estas nuevas infraestructuras que han llegado en poco tie
mpo hasta nosostros. ¿Qué han hecho nuestros políticos con ésos grandes tendidos eléctricos que atentan contra la belleza natural del paisaje en el interior de nuestras islas, por ejemplo?. Cada vez se incrementan grandfes estructuras de metal que se colocan no sólo en las faldas de las montañas, sino incluso en su cráter: ahí tenemos el ejemplo de La Montaña de Gáldar, que años atrás desde lejos se veía vacía y de pocos años años atrás se observa toda llena de antenas de todo tipo. ¿esto no atenta contra el medio ambiente?. Y esos tendidos eléctricos, tanto áreos, por medio de casas y fincas, como a través de los frontis, no nos benefician en absoluto, al contrario, producen radiaciones continuas, que con el tiempo producen hasta cáncer, prueba de ello son las muertes que cada vez más se suceden en estas zonas. ¿Por qué no se entierran todos esos cables que portan potente electricidad?. Basta mirar por las noches las chispas que sueltan las torres y el ruido que
generan, todo esto debilita con el tiempo nuestra salud, aunque no nos demos cuenta. ¿Por qué los políticos no prometen erradicar estos cables y torres de alta tensión, enterrándolos, como es obvio?. ¿por qué no se fomenta la energía solar y eólica, de la que afortunadamente tanta contamos en Canarias?. Nuestro gran sueño sería que a corto plazo desaparezcan esos aberrantes cables que cruzan calles, caminos, carreteras, azoteas, etc. y que se ajusten a la modernidad de la que comenzamos a hablar, a las nuevas tecnologías, y que por supuesto no afecten lo más mínimo en nuestro bienestar, nuestra tranquilidad, nuestro descanso, nuestra salud.
Y es que ya existen sentencias judiciales sobre el perjuicio que representan todos estos aparatos eléctricos, de ello les damos cuenta en la última parte de nuestro comentario crítico, pero constructivo.
Sentencia en Murcia contra Iberdrola
En el año 1997, Raúl de la Rosa realizó una medición de campos electromagnéticos ante notario en Murcia. La vivienda, propiedad de Francisco Hernández, estaba situada sobre un transformador eléctrico de la misma compañía.
Las mediciones realizadas indicaban diferentes valores según la zona de la vivienda. Las dosis máximas encontradas rondaban los 1.000 nanoteslas. Al terminar la medición Francisco Hernández, su mujer y sus dos hijos pequeños, los cuales padecían una serie de trastornos frecuentes, salieron de la vivienda y a los pocos días su salud se normalizó. Nunca más volvieron.
A los pocos días presentaron una demanda contra Iberdrola. Francisco Hernández ha demostrado a lo largo de to
dos estos años la valentía de enfrentarse a una macro compañía como es Iberdrola, con el simple apoyo de una cuantas "malas amistades" que trataron fundamentalmente de darle ánimo para seguir adelante.
La sentencia de primera instancia de Murcia condenó a la compañía a reducir el campo electromagnético que debía soportar esta familia a 300 nT, es decir más de 300 veces menos de lo que la ley actualmente permite. En el recurso que se presentó a la Audiencia Provincial, los jueces decidieron que, en vista de las pruebas científicas, estudios epidemiológicos, comparecencia de los expertos y peritos..., la familia no debía estar expuesta de ninguna manera a estos campos que se saben perjudiciales para la salud y, por tanto, sentenciaron que la única dosis admisible era la dosis cero, es decir la compañía debía eliminar absolutamente la radiación. Bien, trasladando el transformador, bien, apantallándolo, bien dando a los afectados otra vivienda de similares características o comprando la vivienda y no destinándola a vivienda ni oficinas.
La compañía, claro está, recurrió, pues en caso contrario esta sentencia firme podía crear una cierta jurisprudencia y que otros afectados por transformadores, líneas o subestaciones eléctricas que estuvieran sometidos a campos electromagnéticos, podrían solicitar ante los juzgados que se les aplicase dicha sentencia y las disposiciones que los jueces habían determinado.
Desde aquella sentencia segunda han pasado muchos años, cerca de nueve, desde que se realizó la medición ante notario. Finalmente, el día 5 de Octubre de 2005, el Tribunal Supremo ha hecho firme la sentencia de la Audiencia Provincial, dando la razón a los afectados por radiaciones electromagnéticas de extremada baja frecuencia. Un hito histórico que esperemos sirva para que los miles de afectados por radiaciones electromagnéticas puedan liberarse de esta nociva radiación que invade sus hogares sin su permiso.
Por fin disponemos de una sentencia ratificada en el Tribunal Supremo que dice claramente que la población no tiene por que estar expuesta a radiaciones que suponen una intromisión del cuerpo, del espacio vital y del domicilio para el lucro de una empresa privada.
Esperemos que en poco tiempo la absurda ley que actualmente regula el medio electromagnético en nuestro país recoja la lógica de esta sentencia y comiencen a aplicarse a los ciudadanos unos valores límite más acordes a la realidad.

PUES DESDE AQUI, ESPERAMOS QUE TODOS LUCHEMOS POR DESTERRAR DE NOSOTROS, DE NUESTRAS CASAS, DE NUESTRO TRABAJO, ESTA SERIE DE PROBLEMAS DE IRRADIACION, electropolución. Gracias por su atención y esperamos haya sido de su interés.
